CELEBRACIÓN: Inauguración nuevo espacio
Curaduría: César Abelenda & Charly Herrera
4 de Junio - 1 de Agosto 2026
Galería y comunidad en tiempos de reinvención
Moverse para seguir escuchando lo que cambia
Ser galerista de arte contemporáneo en Argentina implica mucho más que sostener un programa de exhibiciones. Supone desarrollar una sensibilidad capaz de leer una escena antes de su consolidación, detectar artistas antes de su legitimación institucional y construir las condiciones materiales, simbólicas y afectivas para que ciertas obras puedan existir y circular. En un contexto atravesado históricamente por la inestabilidad económica, los cambios políticos y la fragilidad estructural del sistema cultural, el galerismo se convierte también en una práctica de resistencia, imaginación y persistencia.
Una galería no solo exhibe obras: produce contexto, articula relaciones, forma colecciones, acompaña trayectorias y participa activamente en la construcción de una época. Su trabajo consiste muchas veces en sostener procesos largos e inciertos, atravesar crisis, reinventar estructuras y comprender que el crecimiento de los artistas implica también aceptar desplazamientos, autonomías y nuevas escalas. Persistir durante más de una década dentro de la escena contemporánea argentina no responde únicamente a una lógica profesional o comercial; implica, sobre todo, una manera de entender el arte como espacio de pensamiento, socialización y construcción colectiva.
La historia de PASTO parece haber nacido exactamente desde ahí. No desde una estrategia empresarial sino desde una experiencia profundamente vital del arte y de la ciudad. Antes de abrir la galería en 2012, César Abelenda había llegado desde Corrientes a Buenos Aires buscando trabajo y nuevas posibilidades. De noche trabajaba como barman en Kim y Novak, el mítico bar de Godoy Cruz y Güemes que durante los años dos mil funcionó como punto de encuentro de artistas, músicos, cineastas y personajes de una escena cultural porteña todavía atravesada por la mezcla, la informalidad y el deseo de experimentar otras formas de vida. En ese universo nocturno conoció amistades, artistas y afectos que terminarían modificando su relación con el arte para siempre. La cercanía con figuras como Bianca Barbara LaVogue o Matías Maroevic no solo amplió su mirada sobre la sensibilidad contemporánea, sino también sobre el cuerpo, la identidad y las formas posibles de comunidad.
El descubrimiento posterior de revistas como Ramona, espacios como Appetite, La Fábrica, Ruth Benzacar o el CCEBA, junto con su paso por la Maestría en Curaduría de UNTREF, terminaron de consolidar un recorrido que nunca fue únicamente académico. Porque si algo atraviesa la historia de PASTO es precisamente la idea de que el galerismo se aprende menos en las instituciones que en los vínculos: en las conversaciones con artistas, en la observación paciente de una escena, en el tiempo compartido. La experiencia junto a Clara Abelenda y María Eugenia Quesada terminaría de darle forma a esa comprensión del oficio entendida no solo como gestión, sino también como cuidado.
PASTO nunca fue una galería quieta. Desde su apertura en 2012, su historia parece haber estado marcada por el desplazamiento constante, como si cada mudanza no respondiera solamente a una necesidad espacial sino también a las transformaciones sociales, económicas y culturales que atravesó la Argentina en cada etapa, y a una manera de entender el arte contemporáneo: moverse para seguir escuchando lo que cambia. En una ciudad donde muchos proyectos aparecen y desaparecen con rapidez, PASTO construyó algo más difícil que la permanencia: construyó continuidad. Una continuidad hecha de deseo, intuición y sensibilidad crítica hacia cada momento de la escena artística argentina.
Su primera sede, en el Patio del Liceo sobre avenida Santa Fe, nació en el centro exacto de una transformación cultural. A comienzos de la década del 2010, aquel corredor informal compuesto por Mite, La Ene, Fiebre, Tu Rito de Fernanda Laguna y la librería Purr condensaba una nueva sensibilidad para pensar el arte en Buenos Aires. PASTO apareció allí no como una estructura cerrada sino como parte de un ecosistema vivo, todavía en formación. Más que un espacio comercial, parecía un lugar de aprendizaje mutuo donde artistas, curadores, escritores y coleccionistas compartían un territorio en plena invención. Aquellos primeros años fueron fundamentales porque definieron el modo en que la galería iba a relacionarse con los artistas: desde la cercanía, la escucha y el riesgo. Antes que consolidar una identidad fija, PASTO eligió crecer acompañando procesos y conversaciones.
El traslado de 2014 al antiguo local de Elsa Serrano, en Pereyra Lucena y Pagano, marcó otro momento decisivo. La galería salió a la calle y encontró una nueva escala. Allí apareció una dimensión más pública y más ambiciosa de su programa, capaz de combinar sofisticación curatorial, potencia visual y proyección internacional. Las exposiciones de Diego Bianchi, Sofía Durrieu, Andrés Piña, Érica Bohm, Ariel Cusnir y Víctor Florido, entre otros, terminaron de consolidar una escena generacional que hoy resulta central para entender el arte argentino contemporáneo. También fue el momento en que numerosos curadores jóvenes encontraron en PASTO un espacio de libertad para ensayar nuevas formas de exhibición y pensamiento.
La participación en ferias como arteBA, SP-Arte, ARCO Madrid y ARTBO en Bogotá no funcionó únicamente como expansión institucional. También permitió insertar ciertas prácticas locales dentro de conversaciones más amplias, sosteniendo una mirada singular sobre la producción argentina sin perder cercanía ni intensidad.
La etapa de La Boca profundizó esa idea de expansión. El enorme espacio frente al Parque Lezama, permitió trabajar desde otra escala, más experimental y más híbrida, incluso en medio de uno de los períodos más inciertos para el sistema del arte contemporáneo. La pandemia obligó a reformular estructuras enteras, pero PASTO volvió a responder desde el movimiento. Algunas de las exposiciones más significativas de esos años, como las de Cynthia Cohen Federico Cantini y La Chola Poblete, confirmaron algo que ya comenzaba a hacerse evidente: la galería no solo acompañaba artistas, también ayudaba a producir contexto para que ciertas obras pudieran emerger y transformar la escena. La primera individual de La Chola Poblete en Buenos Aires, Tenedor de hereje, curada por Leandro Martínez Depietri, terminó convirtiéndose en uno de esos momentos que exceden el tiempo de una muestra y pasan a formar parte de una memoria colectiva reciente del arte argentino.
La llegada posterior a Chacabuco 866, en San Telmo, pareció recuperar algo del ritmo íntimo de sus comienzos. Otra vez un barrio cargado de capas históricas, otra vez la convivencia entre fragilidad y potencia. Allí convivieron propuestas profundamente distintas pero atravesadas por una misma intensidad material y poética, como Parampara de Manuel Brandazza o las exposiciones de Santiago Licata entre otras. PASTO reafirmó entonces algo que venía construyendo desde hacía años: una programación capaz de desplazarse entre lenguajes, generaciones y sensibilidades sin perder coherencia.
Ahora, la nueva sede en Tres Sargentos 359 aparece menos como una meta definitiva que como una nueva inflexión dentro de una historia marcada por la reinvención constante. El espacio carga con una memoria propia: allí funcionó durante décadas la Cristalería Lumi Hermanos y más tarde la histórica Galería Alberto Sendrós, uno de los epicentros fundamentales del arte contemporáneo argentino de los años noventa y dos mil. Instalarse allí implica también asumir una herencia y entrar en diálogo con una tradición de experimentación, riesgo y descubrimiento.
PASTO llega a Retiro después de trece años de itinerancia, trabajo y construcción afectiva. Pero conserva algo esencial de sus comienzos: la convicción de que una galería puede ser, antes que nada, una forma de construir comunidad alrededor del arte.
Cada una de sus mudanzas dejó atrás una arquitectura y abrió otra posibilidad. Tal vez por eso la historia de PASTO no pueda pensarse como una sucesión de direcciones sino como una manera de atravesar el tiempo reciente del arte argentino. Un proyecto que creció sin endurecerse, que aprendió a transformarse sin perder sensibilidad y que sigue entendiendo cada nuevo espacio como una oportunidad para volver a empezar.
La apertura de Tres Sargentos 359 no celebra solamente una nueva sede. Celebra algo mucho más difícil de sostener: el deseo hecho realidad, el deseo hecho CELEBRACIÓN.
Carlos Herrera / Mayo 2026